Arquitecta Fabiola Velasco: “Ver la Casona Ibarra recuperada ha merecido un espacio de tiempo muy largo y mucha paciencia”

Con la meticulosidad de quien descifra un manuscrito antiguo y la pasión de una historiadora que lee en los muros las huellas del tiempo, la arquitecta e investigadora venezolana Fabiola Velasco ha dedicado su vida a interrogar a las piedras. Su formación, un sólido entramado que conjuga rigor técnico y sensibilidad, la ha convertido en una voz autorizada para narrar la segunda vida de los edificios patrimoniales. En su vasta trayectoria, que incluye la presidencia del extinto Instituto Metropolitano del Patrimonio Cultural de Caracas y la dirección del Acervo Histórico de la Nación, cada proyecto representa una lección de humildad y tenacidad. Hoy, desde su rol como investigadora en el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), ente adscrito al Ministerio de Ciencia y Tecnología, su mirada se proyecta sobre el patrimonio con una perspectiva descolonizadora y transdisciplinaria, pero es en la recuperada Casona Ibarra donde su relato encuentra un eco especialmente elocuente.

El renacer de la Casona Ibarra

“Ver la Casona Ibarra recuperada ha merecido un espacio de tiempo muy largo y mucha paciencia. No podemos limitarnos a ver solo los resultados de los últimos dos años, en los que, gracias a la voluntad y la gestión de la Comisión Presidencial para la Recuperación de la UCV, se llega al término feliz de su restauración”, destaca Velasco.

Para la arquitecta egresada de la UCV, la Casona es una suerte de papiro en el que se superponen capas de significado nacional. Desde 1943, cuando fueron expropiados los terrenos de la Hacienda Ibarra para dar paso a la Ciudad Universitaria de Caracas, el destino de la estructura estuvo marcado por un propósito singular: “En los primeros trazos del proyecto de Villanueva, este espacio se reservaba para instalar la casa del Rector, entendiendo que en esa época la concepción era que quienes administraban los espacios educativos, permanecían en el lugar”.

Con la paciencia que dan años de persistencia, Velasco recuerda que en cada década hubo interés por la recuperación de la Casona, siempre imaginándola como un espacio cultural: museo, estancia protocolar o sede de investigación. Sin embargo, fue a partir de 2002, cuando el edificio dejó de ser sede de los servicios generales de la UCV, que la idea empezó a cuajar. El proceso de recuperación final, ejecutado entre 2022 y 2024, tuvo una sólida base técnica y científica: “El proceso contó con la preexistencia de suficiente información histórica y documental, relevada en los proyectos realizados en años anteriores, por lo que la acción restaurativa que se llevó adelante se sustentó y fundamentó en lo técnico y lo científico de manera muy efectiva, apoyada sobre todo por la experticia del equipo profesional que intervino”.

Al momento de abordar la obra se aplicaron criterios múltiples y flexibles, en atención a circunstancias históricas, estéticas y técnicas, pero se impuso un objetivo fundamental: “Devolverle a la casa su funcionabilidad de ‘puertas abiertas’ para toda la comunidad universitaria, caraqueña y nacional, porque ella posee una declaratoria de Monumento Nacional, otorgado en 1976”. Se definió un programa de usos compartido entre lo cultural y lo investigativo para honrar su doble valor: es una pieza representativa de la arquitectura rural colonial y un contenedor de historia nacional. Sus espacios no solo albergan la invaluable colección de planos originales del Instituto de la Ciudad Universitaria (ICU), sino que allí resonaron los pasos del Libertador: “En ella se residenció Simón Bolívar en 1827, antes de partir definitivamente a Colombia, y se firmaron los Estatutos Republicanos de la Universidad Central de Venezuela, durante el mismo año, liderados por Bolívar y José María Vargas”.

Cuando se iniciaron los trabajos, la Casona presentaba un deterioro severo, especialmente en la estructura de los techos y en el interior de los muros, construidos con tierra cruda. La intervención requirió preparar primero un espacio seguro para los documentos del ICU en las antiguas caballerizas. Luego se actuó sobre el resto de la edificación, siempre contemplando “la reversibilidad de las nuevas intervenciones”. Aunque este capítulo está cerrado, la restauradora advierte que aún queda una tarea pendiente: la recuperación del Torreón del Trapiche y sus jardines circundantes, que forman parte integral de la declaratoria de Monumento Nacional y de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

La Hacienda Ibarra y su casa de trabajo

Desentrañar la historia de la Casona implica remontarse a la Hacienda Ibarra original, a aquellos días de siembras y trapiches. Velasco aclara el vacío histórico con la precisión de quien ha revisado archivos polvorientos: “Sí, efectivamente la Casona era inicialmente una de las casas de mayordomos de la Hacienda Ibarra, era casa de trabajo, de control de la siembra desde lo alto de la colina que ocupa sobre el valle de Sabana Grande”. La verdadera vivienda principal, la “Casa Grande”, donde latía el corazón de la hacienda, se encontraba en lo que hoy es Bello Monte, y fue allí donde Vicente Ibarra recibió a Alejandro von Humboldt en 1800. “Las divisiones sucesorales fragmentan la hacienda y ya para antes de 1827 es propiedad exclusivamente de Diego Ibarra. Durante este proceso la casa es sometida a transformaciones, remodelaciones y ampliaciones para pasar a ser casa residencial, con una producción exclusivamente de caña de azúcar y un trapiche para el destilado del afamado Aguardiente Ybarra”.

Patrimonio, soberanía y ciudadanía

Para la investigadora, la pregunta sobre la importancia de recuperar la Casona Ibarra y la Ciudad Universitaria en general toca una fibra esencial, que conecta el pasado con el futuro. Su respuesta es contundente y conceptual: “Mantener vivo nuestro patrimonio cultural es garantía de soberanía e independencia. Conocernos y reconocernos como seres propios de un lugar que ha ido en el tiempo construyendo su historia y su identidad nos refuerza como ciudadanos”. La permanencia y pertinencia del patrimonio para el disfrute de las generaciones presentes y futuras es, a su juicio, la razón universal de la conservación.

Esta convicción se ha forjado en el fuego de la experiencia práctica, al calor de las obras. Al comparar la recuperación de la Ciudad Universitaria de Caracas (CUC) con otros proyectos ubicados en el casco histórico de Caracas, como el Nuevo Circo o el Teatro Principal, identifica un denominador común, más allá de las patologías técnicas específicas de cada edificio: el proceso de gestión: “Cada caso de estudio presenta problemas distintos que resolver desde el punto de vista técnico, de sus patologías y de su historia, pero podemos visualizar que un camino común es el proceso de la gestión, que debe estar enraizado a la conciencia de la importancia de mantener y conservar lo nuestro, a la voluntad política de los líderes políticos o comunales en la toma de decisiones acertadas, a la asignación de recursos financieros para tales fines y a la sensibilidad de las comunidades custodias del patrimonio”.

Villanueva, el genio creador

Al evocar la figura de Carlos Raúl Villanueva y su obra magna, Velasco abandona por un momento el tono analítico y se deja llevar por la emoción que produce lo perfecto. “Villanueva la tuvo bomba aquí en la CUC”, dice, recordando las palabras de un colega. Para ella, la Ciudad Universitaria es una fuente inagotable de asombro, un ser vivo que nunca termina de revelarse: “La CUC siempre sorprende, podemos visitarla y recorrerla todos los días y cada vez te puede sorprender. Es una obra única, por eso su merecido título de patrimonio del mundo. La libre espacialidad en su recorrido, el manejo de la luz de nuestro trópico Caribe, los detalles y la recursividad de las formas, de la estética dura y flexible del concreto armado, la policromía otorgada desde las obras de arte insertas en la arquitectura, hacen de este conjunto una maravilla expresiva y explosiva de emociones y sentimientos”. Y entonces confiesa, con el orgullo que nace del amor genuino: “Yo sufro de orgullo extremo ucevista y venezolanista”.

Ese orgullo se proyecta hoy en su trabajo en el IDEA, donde impulsa, desde el Programa de Ciencias de la Conservación del Patrimonio Cultural, una visión crítica y descolonizadora que rompe moldes. Lidera la Red de Patrimonio Cultural de Venezuela (REDpatrimonio.VE), “donde hombres y mujeres, profesionales, sabios, sabias e interesados en el área construimos y compartimos nuestros saberes”, y edita el BOLETÍN en RED, una revista de materia patrimonial que publica la producción intelectual de sus miembros. Además, avanza en un proyecto sobre la valoración afectiva del patrimonio de Cubagua, “donde se trata el tema conservativo desde la transdisciplinariedad, con la intervención de pautas de investigación a partir de las ciencias naturales y su cruce con las ciencias sociales y la cultura”. Y agrega: “Trabajar el patrimonio cultural desde las ciencias es un despertar cada día”.

A juicio de Velasco, el pasado no es una reliquia estática, sino un organismo vivo que respira a través de los muros restaurados de la Casona Ibarra, en las líneas de los planos que custodia y en la luz que baña los espacios de la Ciudad Universitaria. Su oficio, al final, es el de una traductora que descifra el lenguaje silencioso de la piedra y la memoria para convertirlo en un relato vigente, urgente y profundamente humano, que nos habla de quiénes somos y en qué suelo hemos echado raíces.

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