La Ciudad Universitaria de Caracas: raíces modernas de la arquitectura sostenible en Venezuela

Ponencia del arquitecto Domingo Acosta en el conversatorio «UCV en tres tiempos». Hacienda Ibarra. Jueves 11-12-2025

Estimados colegas, autoridades universitarias y amigos de la Ciudad Universitaria de Caracas.

Muchas gracias por esta amable invitación de la Comisión Presidencial para la Recuperación de la UCV. Es un honor acompañarlos en esta celebración por los 25 años de la declaratoria de nuestra Ciudad Universitaria de Caracas como Patrimonio Mundial por la Unesco.

Mucho se ha escrito sobre el valor de la CUC como obra de arte total: un conjunto donde arquitectura, urbanismo, paisaje y artes plásticas se integran en un solo organismo. También se ha disertado sobre su condición de hito de la modernidad latinoamericana y sobre su fuerza simbólica como visión cultural de país.

Hoy quisiera sumar una lectura distinta, desde mi campo de trabajo: la arquitectura sostenible.

Mi argumento es sencillo, aunque sus implicaciones no lo sean: la CUC, y la obra de Carlos Raúl Villanueva en general, constituye la raíz conceptual originaria de la arquitectura sostenible en Venezuela. Aunque la palabra “sostenibilidad” no formaba parte del vocabulario de la época, sus valores estaban implícitos en la obra. Hoy, creo, resultan indispensables para comprender la vigencia profunda de la CUC.

No hablaré de su valor patrimonial en términos legales o estrictamente históricos. Hablaré del patrimonio como longevidad, como permanencia ecológica y cultural, como responsabilidad social. En otras palabras: como sostenibilidad.

  1. En primer lugar me referiré a Villanueva como el precedente necesario de la arquitectura sostenible.

Cuando se habla de sostenibilidad, se tiende a imaginar tecnologías contemporáneas: paneles solares, eficiencia energética, soluciones digitales, certificaciones verdes. Pero el diseño sostenible, como es sabido, más que tecnología, es una ética, una filosofía de diseño.

Villanueva, sin usar aún ese vocabulario, ya articulaba esa filosofía. En uno de sus textos más citados, afirma:

“La arquitectura es acto social por excelencia, arte utilitario, como proyección de la vida misma, ligado a problemas económicos y sociales y no únicamente a normas estéticas. Para ella, la forma no es lo más importante; su principal misión: resolver hechos humanos”.

Esta es, en esencia, la definición contemporánea de sostenibilidad social: la arquitectura como servicio a la comunidad, como acto responsable, como herramienta para mejorar la vida.

Y aún más sorprendente es su afirmación que la arquitectura debe ser “proyección de la vida misma”, a la cual más adelante, en 1972, añadiría: “es decir, biológica”.

Pero su aporte no fue únicamente conceptual: integró clima y teoría en una visión coherente, donde cada decisión de diseño respondía a las condiciones del trópico.

Villanueva es pionero de la arquitectura tropical porque comprendió como pocos la necesidad de adaptar profundamente la modernidad europea al trópico venezolano.

Mientras la tradición moderna respondía al clima europeo, él creó un lenguaje climático propio basado en sombras profundas, paisajismo integrado, patios ventilados, pasillos cubiertos y fachadas moduladas por parasoles pensados para el sol caraqueño.

No los usó como experimentos aislados, como ocurría en Europa o incluso en Chandigarh y otras obras de Le Corbusier, donde los brise-soleil, o parasoles, aparecieron como un gesto puntual. En la CUC, en cambio, estos elementos conforman un sistema coherente y operativo que define la manera de habitar en clima tropical. Ese gesto, simultáneamente moderno y profundamente local, convierte a la CUC en un precedente imprescindible para cualquier conversación sobre sostenibilidad en la arquitectura latinoamericana.

En una época en que la palabra “sostenibilidad” no había surgido en las discusiones sobre ecología ni mucho menos en nuestra profesión, Villanueva hacía referencia a la arquitectura “biológica”, es decir, ligada a los ciclos de la vida, a la salud, al entorno natural. En esa frase está la semilla de lo que años más tarde llamaríamos diseño ecológico.

Antes de que surgiera el discurso global de la arquitectura sostenible, antes incluso del nacimiento de la agenda ambiental moderna, Villanueva ya había esbozado sus fundamentos éticos y conceptuales.

A continuación hablaré de un segundo aspecto: la CUC entendida como modelo integral de sostenibilidad temprana

Cuando hablamos de arquitectura bioclimática, de la cual Villanueva fue pionero, nos referimos a una arquitectura que nace del clima y del lugar: aquella que busca el confort y la habitabilidad adaptándose al entorno, y no forzando —como ocurre en las cajas de vidrio contemporáneas— que el entorno sea el que se adapte a la arquitectura mediante un exceso de climatización artificial.

Si trasladamos esta filosofía al análisis físico de la CUC, encontramos que el campus cumple con los principios fundamentales de la arquitectura bioclimática, uno de los primeros aportes históricos de la sostenibilidad arquitectónica.

Pero aquí hay algo crucial: en la CUC estas estrategias no están “añadidas”, son el propio ADN del proyecto. Dentro de ese modelo, detengámonos primero en las Estrategias bioclimáticas.

Villanueva entendió que no se podía importar la modernidad europea sin transformarla para el trópico. Así que reinterpretó sus reglas.

Protección solar:

Las fachadas de la CUC no replican el vidrio transparente sin filtros propio del Estilo Internacional. Incorporan parasoles, calados, patios en sombra y pieles intermedias. Estos dispositivos reducen la ganancia térmica y controlan la radiación solar con precisión, sin necesidad de recurrir a mecanismos artificiales.

Sombra y ventilación:

Los pasillos techados, la Plaza Cubierta, los recorridos peatonales cubiertos y la continuidad de áreas sombreadas generan una especie de “microclima urbano” que permite caminar el campus sin exponerse directamente al sol tropical. Además, se logra la integración del arbolado y del paisajismo en general como infraestructura ambiental.

Es una reinterpretación moderna de estrategias coloniales como los corredores, aleros y patios.

Los patios interiores, siempre ventilados y llenos de vegetación, funcionan como pulmones térmicos: refrescan, humedecen y facilitan el intercambio de aire. Hoy los llamaríamos estrategias de “microclimas arquitectónicos”, pero Villanueva los utilizó con naturalidad décadas antes de que existieran estos términos.

Medios pasivos de confort ambiental:

La CUC fue pensada para funcionar sin aire acondicionado. Su diseño busca confort térmico pasivo, es decir, que el edificio por sí mismo —con sombra, ventilación y proporciones adecuadas— mantenga condiciones apropiadas de confort térmico.

Un ejemplo brillante es la Plaza Cubierta, que bajo su techo monumental proporciona un espacio de encuentro y circulación con la sensación de estar al aire libre, ventilado naturalmente y protegido del sol, sin necesidad de gasto energético.

Los pasillos cubiertos, con sus techos extendidos y continuos, no son solo elementos de circulación: forman un sistema climático que permite caminar protegido del sol, del calor y de la lluvia, articulando todo el campus como un tejido peatonal sombreado. Esa continuidad espacial es, en sí misma, una solución bioclimática brillante.

Es el enfoque opuesto al confort activo, que depende de máquinas para compensar un diseño inadecuado. Por su parte, lograr el confort a través de medios pasivos es la forma más pura de eficiencia energética.

En nuestro clima tropical, esto no es solo una estrategia ambiental: es una decisión cultural, económica y ética.

Un segundo aspecto de la sostenibilidad temprana es la Eficiencia material y la claridad constructiva.

Aquí cobra especial relevancia el trabajo de la investigadora Nancy Dembo. En su libro La tectónica en la obra de Carlos Raúl Villanueva, analiza cómo el dominio del concreto armado le permitió lograr estructuras precisas, expresivas y duraderas. En la CUC, esta economía en el uso del material no es una limitación: es un principio de diseño.

Villanueva emplea el concreto con enorme sobriedad y rigor. Nada sobra, nada es ornamental por sí mismo; cada pieza estructural cumple una función espacial directa. Esa claridad, esa manera de mostrar cómo el edificio está hecho, constituye un componente esencial de la sostenibilidad material: usar lo necesario, con inteligencia, sin excesos. Por ejemplo, la estructura del Aula Magna y de los edificios circundantes es un manifiesto de esta honestidad material y constructiva.

Los dispositivos climáticos —parasoles, celosías, pasillos sombreados— no aparecen como añadiduras o “injertos”, sino como parte de la propia lógica constructiva del edificio. Su eficacia proviene de que forman parte de su estructura, de su forma y de su materialidad.

Esto es lo que en teoría arquitectónica llamamos tectónica: la expresión clara y honesta de cómo un edificio está construido.

En la CUC, esa tectónica es eficiente, elegante y profundamente racional. Y al ser tan coherente, reduce el uso de materiales, prolonga la vida útil de las estructuras, asegura su durabilidad y sienta las bases para lo que hoy entendemos como sostenibilidad en el ciclo de vida de un edificio.

Ese principio se aprecia en toda la Ciudad Universitaria: las vigas y columnas de concreto armado expuestas, visibles desde los accesos, las plazas y los corredores. No hay revestimientos superfluos ni ocultamientos innecesarios; la estructura es el lenguaje. Esta transparencia constructiva —unida al uso eficiente del material— forma parte esencial de la tectónica.

Al final, el resultado es extraordinario: la CUC no es simplemente un conjunto de edificios modernos, sino un organismo urbano coherente donde clima, forma, estructura, materialidad y paisaje operan como un sistema integrado. Todo ello décadas antes de que existieran los discursos contemporáneos de eficiencia energética, ciclo de vida o certificaciones verdes.

Por eso la CUC puede leerse hoy como un ejemplo adelantado —y todavía vigente— de sostenibilidad latinoamericana: un modelo en el que la respuesta climática, la economía material y la claridad constructiva se articulan con una coherencia difícil de igualar.

“Ahora entramos en un plano donde la mirada se vuelve más íntima: lo sublime, lo simbólico y la longevidad sostenible

Aquí entramos en un territorio menos explorado, pero crucial: la sostenibilidad cultural. Un edificio sostenible es aquel que puede mantener su significado a lo largo del tiempo, aquel que conserva su relevancia más allá de su época.

La tesis doctoral de Silvia Hernández de Lasala, “En busca de lo sublime”, ofrece una lectura profunda sobre la dimensión estética de la obra de Villanueva. A partir de su análisis, podemos comprender cómo la Ciudad Universitaria no se limita a resolver funciones: también construye significado. La experiencia que generan la Plaza Cubierta, el Aula Magna y la integración de las artes va más allá de lo práctico y produce un efecto emocional y simbólico que, en mi opinión, resulta crucial para su vigencia y sostenibilidad.

Ese impacto emocional se vuelve evidente cuando pensamos en gestos específicos: las nubes acústicas diseñadas por Alexander Calder suspendidas en el Aula Magna, que no solo resuelven un problema acústico, sino que despiertan asombro; o la presencia de murales, esculturas y colores en la Plaza Cubierta, donde la comunidad universitaria convive diariamente con obras maestras sin intermediación museística. Esa fusión entre arte y vida cotidiana es, en sí misma, una fuente de significado perdurable.

¿Por qué esto importa? Porque nada es más sostenible que aquello que una comunidad decide preservar a toda costa y apropiárselo como símbolo.

La obsolescencia es enemiga de la sostenibilidad:

Cuando un edificio deja de ser valorado, cuando pierde significado, se abandona, pierde vigencia, o se demuele. Y la demolición es el acto más insostenible del ciclo de vida de una edificación: destruye símbolos, derrocha energía, genera residuos, desperdicia capital ambiental y, sobre todo, destruye la memoria.

El valor simbólico como un escudo protector:

La CUC, en cambio, es percibida como irremplazable. Su carga simbólica es tan alta que genera una barrera natural contra la obsolescencia. Es un campus donde lo simbólico y lo cotidiano se superponen. La integración de los murales de Mateo Manaure y Fernand Léger, el mural de Victor Vasarely y el mural curvo de Pascual Navarro no son decoración, sino la esencia de este capital cultural y simbólico, elevando el conjunto al estatus de monumento intocable.

Esto no solo preserva su identidad: preserva recursos, energía, territorio, ecosistemas.

Esa cualidad, lo poético integrado a lo funcional, es una forma de sostenibilidad profunda: una que asegura pertinencia cultural, apropiación social, cuidado a largo plazo.

Un edificio amado se preserva, un paisaje significativo se protege.

La longevidad cultural es, entonces, una de las formas más potentes, y quizás menos reconocidas, de la sostenibilidad ecosocial.

Y Villanueva lo logra no por eficiencias técnicas, sino por la búsqueda de lo sublime.

Y para cerrar, una reflexión final: la CUC como modelo conceptual de sostenibilidad

Cuando hace 25 años la Unesco declaró la Ciudad Universitaria de Caracas Patrimonio Mundial, lo hizo reconociéndola como una obra maestra del genio creador humano y como un ejemplo sobresaliente de planificación urbana moderna, donde arquitectura, arte y vida social se integran de manera única en América Latina. Ese valor universal excepcional —artístico, histórico y cultural— nos recuerda por qué la CUC es, ante todo, un patrimonio de la humanidad, parte de la cultura universal.

Pero más allá de ese reconocimiento, hoy podemos leer en la obra de Villanueva un valor añadido que dialoga con los desafíos contemporáneos de la sostenibilidad.

Desde esta mirada personal, yo diría que la obra de Villanueva en la CUC sentó al menos tres de las raíces fundacionales de nuestra arquitectura sostenible:

La Raíz Social y Ética: en la que el diseño debe ser un acto moral y social, destinado a resolver hechos humanos y de la vida misma antes que volumetrías o estilos.

Esta visión, que prioriza la misión social y el arte utilitario sobre la estética pura, implica que el valor duradero de una obra radica en su capacidad para servir a la comunidad, fomentar la equidad y mejorar la calidad de vida, asegurando la pertenencia y el compromiso de la sociedad con su permanencia.

Ese es, para mí, el núcleo de la sostenibilidad social.

La Raíz Bioclimática y Ecológica: en la que el clima tropical, la tecnología local y la comprensión de la vida biológica deben guiar la forma arquitectónica.

Villanueva concibe la CUC casi como un organismo: un sistema que respira, se sombrea, regula su temperatura y se adapta al medio. Esa visión, de gran intuición en su época, anticipa la lógica del diseño ecológico contemporáneo, donde los edificios aprenden de los ecosistemas y funcionan como parte del entorno, no en contra de él. En este sentido, la CUC no solo se adelanta al diseño bioclimático: se acerca sorprendentemente a la sensibilidad ecológica que hoy buscamos.

La Raíz Cultural y Simbólica: en la que el simbolismo, la cultura y la belleza actúan como pilares de la longevidad y la permanencia.

Porque son ellos los que permiten que una obra se preserve, se cuide y se defienda; y evitan su eventual demolición, quizás el acto más destructivo en cualquier ciclo de vida de la construcción.

La CUC no es solo un testimonio de nuestra modernidad.

Es un modelo conceptual vigente, un recordatorio de que la sostenibilidad nace de la ética, del clima, de la técnica… pero también de la cultura, la emoción, la vida biológica y la identidad colectiva.

Villanueva nos mostró que la arquitectura, cuando aspira a lo sublime, permanece. Y cuando permanece, se sostiene.

Muchas gracias.

spot_img

Te puede interesar

Recomendado